Claramente
no me he destacado por tener el vocabulario más delicado del lenguaje español, y
no precisamente por rebeldía o por irreverencia, simplemente porque tengo mis
raíces antioqueñas en donde es más normal oír una que otra grosería en el día a
día. El hablado paisa tiende a tener un aspecto auténtico y no tan formal y prudente como lo vemos en Bogotá.
Pero
acá no me voy a detener analizar a los paisas, ni su forma de hablar, sino que
quiero examinar ¿Por qué se siente esa satisfacción cuando decimos una grosería?
¿Qué hay detrás de este efecto liberador al descargar una grosería?
Personalmente creo que utilizar una grosería de vez en cuando es bueno para el
alma, trae beneficios mentales y es una forma sana de manifestar un
sentimiento.