Quería escribirle al entonces
presidente electo, Gustavo Petro, una carta para tratar de persuadirlo y
pedirle, de corazón, que lograra dejar de incendiar al país. Que dejara de
utilizar su discurso para crear más división, más dolor, y de alborotar esa
rabia colectiva que tristemente arrastramos los colombianos.
Pero no lo hice.
Tal vez me abstuve de escribir
por el momento personal que estaba atravesando, con unos asuntos familiares. O
tal vez, inconscientemente, por el desaliento que se siente al ver llegar un
líder que está cargado de odio y que lo deja ver cada vez que se pronuncia o
toma decisiones.
Hoy, nuevamente, de cara a un nuevo
cambio de gobierno, vuelvo a sentir esa necesidad tan propia de escribir, de
decantar emociones, de limpiar y de recibir claridad, que es justamente lo que
la escritura me trae a mí.
Tal vez hoy sí estoy más
decidida a hacerlo porque veo una luz. Una esperanza de que esto termine.





