Quería escribirle al entonces
presidente electo, Gustavo Petro, una carta para tratar de persuadirlo y
pedirle, de corazón, que lograra dejar de incendiar al país. Que dejara de
utilizar su discurso para crear más división, más dolor, y de alborotar esa
rabia colectiva que tristemente arrastramos los colombianos.
Pero no lo hice.
Tal vez me abstuve de escribir
por el momento personal que estaba atravesando, con unos asuntos familiares. O
tal vez, inconscientemente, por el desaliento que se siente al ver llegar un
líder que está cargado de odio y que lo deja ver cada vez que se pronuncia o
toma decisiones.
Hoy, nuevamente, de cara a un nuevo
cambio de gobierno, vuelvo a sentir esa necesidad tan propia de escribir, de
decantar emociones, de limpiar y de recibir claridad, que es justamente lo que
la escritura me trae a mí.
Tal vez hoy sí estoy más
decidida a hacerlo porque veo una luz. Una esperanza de que esto termine.
No necesariamente porque idealice
a algún candidato.
Tal vez también tenga que ver
con las mismas razones que me llevaron a no escribir hace cuatro años, pero en
sentido opuesto. Estoy en un momento de mi vida más claro y más tranquilo. Y
eso me da más confianza.
Además, ya no siento ese
desaliento. Por el contrario, veo una luz.
Pero, lastimosamente, la
sensación de polarización sigue igual.
Me sigue doliendo mucho este
país.
Me duele ver cómo estamos
divididos entre un lado y el otro. Hoy me cuestiono muchas veces si realmente
este país tiene solución. Y, honestamente, a ratos siento que no.
Esa rabia colectiva que
mencioné al principio sigue estando ahí.
Dejémonos de decir mentiras:
todos —y me incluyo— tenemos muchas cosas por sanar.
Somos seres llenos de juicios,
de opiniones que defendemos como si fuéramos expertos en todo, y de
señalamientos constantes. Porque es mucho más fácil poner la atención afuera
que hacia adentro.
Seguimos utilizando un
lenguaje lleno de adjetivos absolutos que exacerban la necesidad de encajar a
las personas o a los líderes en algún grupo para saciar esa rabia interna, para
escupir odio.
Y así no vamos a encontrar la
paz.
Hoy, como mamá, me observo
mucho más que en mi juventud.
Soy más consciente y me
interesa más entender las repercusiones que tienen mis acciones y mis palabras
en casa y en mis hijas, porque los niños aprenden, definitivamente, por el
ejemplo.
Seguramente ellas ya han
tomado de mí tanto lo bueno como lo malo, así como yo también tomé enseñanzas,
virtudes y limitaciones de mi propia familia.
Y creo que es aquí donde los
colombianos de a pie, los que somos comunes y corrientes, los que no estamos
involucrados en la política y no sentimos el llamado a gobernar, podemos dejar
una huella profunda: en nuestro hogar.
Porque el país no empieza en
los dirigentes.
El país empieza en cada casa.
Es muy fácil ver el ego en
quienes quieren gobernar, en quienes intentaron hacerlo y no lo lograron, y en
quienes hoy ejercen cargos públicos.
Pero ese mismo ego es mucho
más difícil verlo en nosotros mismos.
Porque la Colombia que soñamos
comienza realmente con la persona que decidimos ser hoy.
¿Realmente somos capaces de
observar nuestras reacciones y nuestros comportamientos?
¿Tenemos la madurez suficiente
para comprender qué motiva las decisiones que tomamos?
¿Estamos impulsados por la
necesidad de satisfacer algo personal —generalmente la necesidad de tener la
razón— o realmente podemos empezar a conectar más con nuestra esencia, que es
el amor?
Porque el verdadero desafío no
es solo pedir menos ego afuera.
Es construir más amor adentro.
Entonces, ¿por qué seguimos
permitiendo esta horrible división?
Si todos somos iguales. Todos
provenimos de la misma esencia. Todos nacemos puros y, lastimosamente, nos
desviamos en el camino.
Todavía, como adultos, muchas
veces nos dominan nuestras emociones más básicas: el miedo, la tristeza y la
ira…No sé de psicología. No pretendo saberlo. Lo que sí tengo claro es que
cuando vemos esas emociones en el otro, es fácil reconocerlas y señalarlas.
Pero
mirarlas dentro de nosotros duele.
Incomoda.
Estorba.
Porque estamos llenos de
emociones que reprimimos o rechazamos de nosotros mismos.
Porque hemos aprendido
culturalmente que ciertas emociones son inaceptables y, en lugar de
observarlas, las escondemos.
No sabemos pausar. No sabemos
observarnos. Pero la m**** que reprimimos siempre busca una salida. Y muchas
veces nos lleva a actuar de manera que luego lamentamos.
Por supuesto que existen
conductas humanas que son inaceptables y que deben ser detenidas. No hay cargo,
poder o posición que justifique pasar por encima de los demás. No puede
prevalecer el beneficio personal por encima del bienestar común.
Y para eso existen las leyes,
la Constitución y la democracia, que deben hacerse respetar. Y para eso existen
también quienes tienen la responsabilidad de hacerlas cumplir.
Pero nosotros, los ciudadanos
que no ocupamos cargos públicos y que lideramos desde nuestros entornos —en
nuestras casas, equipos y lugares de trabajo— también tenemos una
responsabilidad.
La responsabilidad de mirar
hacia adentro. De empezar a observarnos. De reconocer nuestras reacciones. De
sanar primero en nuestro interior y luego sí exigir afuera.
Porque el colombiano tiene que
dejar de pedir, pedir y pedir.
La prosperidad emocional y
material se crea antes de poder repartirse. Por supuesto que es importante
observar lo que sucede afuera y no conformarse. Pero, paralelamente, debemos
hacer nuestro propio trabajo interior.
Nadie puede repartir lo que no
tiene. Ni repartir lo que no le pertenece.
El verdadero servicio nace
cuando estamos llenos de nuestro propio amor. Solo entonces podemos compartir y
entregar aquello que realmente nos pertenece.
Por eso me pregunto: ¿Qué
liderazgo queremos seguir?
Yo elijo seguir a quien me
inspire a crear, a construir y a aportar. No a pedir.
Estamos en un momento decisivo
para el país. Y antes de tomar decisiones, podemos pausar. Podemos reflexionar.
Podemos corregir el rumbo.
Porque estoy segura de que
todos anhelamos vivir en paz en este hermoso país.
Un país lleno de diversidad,
cultura, paisajes, animales, folclor y tantas cosas hermosas que pueden unirnos
y que todos deberíamos disfrutar.
Aprovecho esta reflexión
también para quienes siguen confundidos o cansados.
Solo quiero decirles que las
buenas intenciones no reemplazan una buena decisión.
Porque sí, el voto es un
derecho.
Pero pensarlo bien es una
responsabilidad.
A veces la vida no nos
presenta una opción perfecta. Nos presenta dos caminos imperfectos. Y aun así
debemos elegir.
Porque esperar una alternativa
ideal muchas veces es una forma de evitar la responsabilidad de decidir.
Vamos, Colombia. Sí se puede.
Vamos firmes por la patria. Vamos
por esa Colombia milagro.
Pero para lograrlo, todos
tenemos que aportar.
Yo, por lo pronto, seguiré firme en casa, dejando huella en mis hijas. Intentando formar seres humanos que sepan crecer con amor, que aprendan a mirar hacia adentro, mientras yo continúo sanándome y ayudando a otros a sanar.
Quiero que mis hijas y todos
los niños de Colombia conserven la esperanza de que todavía podemos construir
algo mejor.
Sí a la democracia.
¿Y tú, qué huella quieres
dejar?
Feliz día. Malaca

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