miércoles, 3 de junio de 2026

¿Qué huella quieres dejar?




Hace cuatro años sentí esta misma necesidad que hoy siento de escribir: descargar mi mente y decantar mis emociones.

Quería escribirle al entonces presidente electo, Gustavo Petro, una carta para tratar de persuadirlo y pedirle, de corazón, que lograra dejar de incendiar al país. Que dejara de utilizar su discurso para crear más división, más dolor, y de alborotar esa rabia colectiva que tristemente arrastramos los colombianos.

Pero no lo hice.

Tal vez me abstuve de escribir por el momento personal que estaba atravesando, con unos asuntos familiares. O tal vez, inconscientemente, por el desaliento que se siente al ver llegar un líder que está cargado de odio y que lo deja ver cada vez que se pronuncia o toma decisiones.

Hoy, nuevamente, de cara a un nuevo cambio de gobierno, vuelvo a sentir esa necesidad tan propia de escribir, de decantar emociones, de limpiar y de recibir claridad, que es justamente lo que la escritura me trae a mí.

Tal vez hoy sí estoy más decidida a hacerlo porque veo una luz. Una esperanza de que esto termine.

No necesariamente porque idealice a algún candidato.

Tal vez también tenga que ver con las mismas razones que me llevaron a no escribir hace cuatro años, pero en sentido opuesto. Estoy en un momento de mi vida más claro y más tranquilo. Y eso me da más confianza.

Además, ya no siento ese desaliento. Por el contrario, veo una luz.

Pero, lastimosamente, la sensación de polarización sigue igual.

Me sigue doliendo mucho este país.

Me duele ver cómo estamos divididos entre un lado y el otro. Hoy me cuestiono muchas veces si realmente este país tiene solución. Y, honestamente, a ratos siento que no.

Esa rabia colectiva que mencioné al principio sigue estando ahí.

Dejémonos de decir mentiras: todos —y me incluyo— tenemos muchas cosas por sanar.

Somos seres llenos de juicios, de opiniones que defendemos como si fuéramos expertos en todo, y de señalamientos constantes. Porque es mucho más fácil poner la atención afuera que hacia adentro.

Seguimos utilizando un lenguaje lleno de adjetivos absolutos que exacerban la necesidad de encajar a las personas o a los líderes en algún grupo para saciar esa rabia interna, para escupir odio.

Y así no vamos a encontrar la paz.

Hoy, como mamá, me observo mucho más que en mi juventud.

Soy más consciente y me interesa más entender las repercusiones que tienen mis acciones y mis palabras en casa y en mis hijas, porque los niños aprenden, definitivamente, por el ejemplo.

Seguramente ellas ya han tomado de mí tanto lo bueno como lo malo, así como yo también tomé enseñanzas, virtudes y limitaciones de mi propia familia.

Y creo que es aquí donde los colombianos de a pie, los que somos comunes y corrientes, los que no estamos involucrados en la política y no sentimos el llamado a gobernar, podemos dejar una huella profunda: en nuestro hogar.

Porque el país no empieza en los dirigentes.

El país empieza en cada casa.

Es muy fácil ver el ego en quienes quieren gobernar, en quienes intentaron hacerlo y no lo lograron, y en quienes hoy ejercen cargos públicos.

Pero ese mismo ego es mucho más difícil verlo en nosotros mismos.

Porque la Colombia que soñamos comienza realmente con la persona que decidimos ser hoy.

¿Realmente somos capaces de observar nuestras reacciones y nuestros comportamientos?

¿Tenemos la madurez suficiente para comprender qué motiva las decisiones que tomamos?

¿Estamos impulsados por la necesidad de satisfacer algo personal —generalmente la necesidad de tener la razón— o realmente podemos empezar a conectar más con nuestra esencia, que es el amor?

Porque el verdadero desafío no es solo pedir menos ego afuera.

Es construir más amor adentro.

Entonces, ¿por qué seguimos permitiendo esta horrible división?

Si todos somos iguales. Todos provenimos de la misma esencia. Todos nacemos puros y, lastimosamente, nos desviamos en el camino.

Todavía, como adultos, muchas veces nos dominan nuestras emociones más básicas: el miedo, la tristeza y la ira…No sé de psicología. No pretendo saberlo. Lo que sí tengo claro es que cuando vemos esas emociones en el otro, es fácil reconocerlas y señalarlas.

Pero mirarlas dentro de nosotros duele.

Incomoda.

Estorba.

Porque estamos llenos de emociones que reprimimos o rechazamos de nosotros mismos.

Porque hemos aprendido culturalmente que ciertas emociones son inaceptables y, en lugar de observarlas, las escondemos.

No sabemos pausar. No sabemos observarnos. Pero la m**** que reprimimos siempre busca una salida. Y muchas veces nos lleva a actuar de manera que luego lamentamos.

Por supuesto que existen conductas humanas que son inaceptables y que deben ser detenidas. No hay cargo, poder o posición que justifique pasar por encima de los demás. No puede prevalecer el beneficio personal por encima del bienestar común.

Y para eso existen las leyes, la Constitución y la democracia, que deben hacerse respetar. Y para eso existen también quienes tienen la responsabilidad de hacerlas cumplir.

Pero nosotros, los ciudadanos que no ocupamos cargos públicos y que lideramos desde nuestros entornos —en nuestras casas, equipos y lugares de trabajo— también tenemos una responsabilidad.

La responsabilidad de mirar hacia adentro. De empezar a observarnos. De reconocer nuestras reacciones. De sanar primero en nuestro interior y luego sí exigir afuera.

Porque el colombiano tiene que dejar de pedir, pedir y pedir.

La prosperidad emocional y material se crea antes de poder repartirse. Por supuesto que es importante observar lo que sucede afuera y no conformarse. Pero, paralelamente, debemos hacer nuestro propio trabajo interior.

Nadie puede repartir lo que no tiene. Ni repartir lo que no le pertenece.

El verdadero servicio nace cuando estamos llenos de nuestro propio amor. Solo entonces podemos compartir y entregar aquello que realmente nos pertenece.

Por eso me pregunto: ¿Qué liderazgo queremos seguir?

Yo elijo seguir a quien me inspire a crear, a construir y a aportar. No a pedir.

Estamos en un momento decisivo para el país. Y antes de tomar decisiones, podemos pausar. Podemos reflexionar. Podemos corregir el rumbo.

Porque estoy segura de que todos anhelamos vivir en paz en este hermoso país.

Un país lleno de diversidad, cultura, paisajes, animales, folclor y tantas cosas hermosas que pueden unirnos y que todos deberíamos disfrutar.

Aprovecho esta reflexión también para quienes siguen confundidos o cansados.

Solo quiero decirles que las buenas intenciones no reemplazan una buena decisión.

Porque sí, el voto es un derecho.

Pero pensarlo bien es una responsabilidad.

A veces la vida no nos presenta una opción perfecta. Nos presenta dos caminos imperfectos. Y aun así debemos elegir.

Porque esperar una alternativa ideal muchas veces es una forma de evitar la responsabilidad de decidir.

Vamos, Colombia. Sí se puede.

Vamos firmes por la patria. Vamos por esa Colombia milagro.

Pero para lograrlo, todos tenemos que aportar.

Yo, por lo pronto, seguiré firme en casa, dejando huella en mis hijas. Intentando formar seres humanos que sepan crecer con amor, que aprendan a mirar hacia adentro, mientras yo continúo sanándome y ayudando a otros a sanar.

Quiero que mis hijas y todos los niños de Colombia conserven la esperanza de que todavía podemos construir algo mejor.

Sí a la democracia.

¿Y tú, qué huella quieres dejar?

Feliz día. Malaca




No hay comentarios.:

Publicar un comentario